Gradualismo Exasperante

¿ En que momento, la palabra que describe la forma de ejecución o de implementación “por partes” o “progresiva”: o sea de “implementación gradual”, se transformó en una nueva ideología o doctrina económica?

Pocas palabras se han pronunciado tanto últimamente en nuestro país, como la palabra “gradualismo”. No existe en el diccionario, pero los argentinos ya la comprendemos perfectamente (¿otro gran invento argentino?). La mejor definición que se me ocurre es “la política de actuar gradualmente”.

Mas que en su conveniencia o inconveniencia técnica, en este artículo, nos vamos a centrar en un aspecto muy poco mencionado: el impacto psicológico de la actual “política” o modalidad declarada y declamada hasta el cansancio, de norte a sur, por cada funcionario que toma un micrófono.

Antes, deberemos repasar dos aspectos básicos de la psicología humana a tener en cuenta:

  1. El concepto de lo moral y lo inmoral. Lo correcto y lo incorrecto. Lo bueno y lo malo. Cada ser humano (¡aún los mas desviados!) poseen una cierta percepción de esta dualidad en su interior. Dicha percepción es una conjunción de factores personales tales como su propia educación, su experiencia de vida, su reflexión personal, su entorno y en definitiva sus valores.

  2. Las expectativas. Todos tenemos una necesidad interior de “futuro”. De “destino”. Lo pedimos, nuestra alma lo pide. En definitiva, todos siempre necesitamos una esperanza para vivir.

Dicho esto, pasemos a tratar de dilucidar el impacto en el común de la gente de la actual “bandera de virtud” que el gobierno nos plantea. Por alguna razón, la misma es repetida como una gran ventaja. Como un acto de la mas sublime interpretación de los deseos populares. Sin embargo, cada vez mas esto parece ser una mera construcción imaginaria de los miembros del gobierno. ¡ Nadie en absoluto está agradeciéndolo!. Nadie está demandándolo. Cuando la gente y los medios critican el aumento tarifario, simplemente quieren no pagar mas y punto. Y no lo quieren pagar porque es sencillamente maravilloso no pagar o pagar menos.

En definitiva, este remanido gradualismo no es mas que un “forma de implementación”. En otro artículo analizaremos sus defectos e inviabilidad técnica. Pero resepecto a la percepción popular, lo primero que podemos decir, es que no cumple con la primera condición mencionada: “moral” o “bueno”. Y es que esa debió haber sido la primera explicación. La gran campaña. El esfuerzo mayor para convencer y explicar. A nadie puede escapársele que si estaba pagando 1000 pesos entre todos los celulares de la familia mas otros 1000 de internet y TV por cable……no debería estar pagando 28 pesos de electricidad, o 22 pesos de gas. ¿ Por que…por que era tan difícil explicarlo ? ¿Por que no confiar en que la mayoría de los argentinos (como mínimo el 52% que los votaron, y me arriesgo a decir que también muchos mas), pueden entenderlo?. No haber hecho esta tarea educacional (deber primario de un verdadero estadista para con su pueblo) fue el peor error. Actualizar el valor de las tarifas, disminuir el empleo público o reducir impuestos nunca tuvo la necesaria explicación hacia la gente. Un estadista no puede ser reemplazado por un Duran Barba. Esta omisión del aspecto principal (lo adecuado o inadecuado de la medida mas allá de su forma de implementación), por supuesto, no redimió la “maldad” de las medidas, por su mera implementación gradual. Necesitábamos un cambio de mentalidad. La demanda era esa, mucho antes que el gradualismo. De lo contrario, es lógico que la mayoría de la gente lo vea y lo sienta, a esta altura, como una verdadera tortura. Y es lógico, en la cabeza de cualquier persona, el violador no se redime si comete su aberrante crimen con poca violencia o diciendo palabras de amor. Es un violador igual. De la misma forma la gente está condenando el gradualismo. Porque en el fondo, lo que no está aceptado, es la medida.

Y que pasa con nuestro segundo punto: la necesidad de esperanza. Aquí está el segundo impacto psicológico. Por un defecto técnico del gradualismo, los resultados están tendiendo a ser nulos. En el medio, los anuncios “graduales” se parecen mas una sumatoria de malas noticias. Muchas. Una otras otra. Y no paran. La sensación de la gente empieza a ser al de estar “corriendo en la cinta”. Me esfuerzo, me canso, y estoy en el mismo lugar.

Y así discurren estos meses, en los cuales el gobierno enceguecido por un resultado electoral (que se parece mas a una renovación del pagare, que a un aprobación), y por el canto del gran gurú ecuatoriano, no está viendo una realidad evidente : el desánimo, la exasperación y la erosión de la paciencia, ya puso segunda.

Publicado por Guillermo Rucci - 01/04/2018


Kakistocracia o la evolución de la democracia en Latinoamérica

La conocida clasificación aristotélica de las formas de gobierno (monarquía, oligarquía y democracia) evoluciona. Latinoamérica, a la vanguardia de esa evolución, ha llevado a su máxima expresión esta forma de gobierno: la Kakistocracia.

Seguramente alguna vez se han tomado la cabeza exclamando ¡¿Cómo puede ser que esta gente esté a cargo y tome decisiones?! Pues bien, quizás, un término poco conocido nos pueda hacer meditar sobre una posible respuesta.

Es un neologismo que proviene del griego kákistos, superlativo de kakos (malo, vil, incapaz, innoble), “pésimo, el peor de todos” y krátos, “fuerza o poder”. En el “Diccionario de sociología” de Frederick M. Lumley, en su primera edición del año 1944, se incorpora la definición del término “kakistocracia” que dice: “Gobierno de los peores; estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen toda la gama, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos”. (si esta definición no le cabe a algún gobierno de la región, estimado lector, usted no es de estas latitudes…)

El filósofo argentino Jorge L. García Venturini en un artículo publicado en 1974, definió a la “kakistocracia” como el gobierno de los peores, de los gobernantes, legisladores y jueces más incapaces y corruptos, así como también el de los dirigentes con las peores ideas y políticas económicas, con turbios antecedentes, con frágil moral y ausente capacidad; la kakistocracia, agregaba, es un sistema que busca perpetuarse a sí mismo, con tendencia a nivelar hacia abajo, apartando a los mejores y aplaudiendo a los peores. Sustituye la calidad por la cantidad siguiendo la línea del menor esfuerzo. Posteriormente, Michelangelo Bovero, profesor de la cátedra de filosofía política de la Universidad de Turín, en su libro del 2001 “Una gramática de la Democracia”, amplió la definición de kakistocracia a la combinación de la tiranía, la oligarquía y la demagogia, dando el peor de los gobiernos, plutocrático-demagógico-autoritario. Aclaraba que su basamento principal era la idiotización mediática de grandes masas electorales (y dígame si a esta altura, no se le dibujó algunos de nuestros célebres gobernantes…).

Este fenómeno puede ser observado en varias partes del mundo a lo largo de la historia, donde representantes autoritarios poco aptos para la función pública seducen a mayorías votantes acríticas e incondicionales. En general manifiestan algunas de las siguientes características: deshonestidad, improvisación, voluntarismo, prometen sin cumplir, no quieren perder privilegios ni pagar costos electorales, se ocupan de sus intereses particulares, alientan las regulaciones, monopolios y burocracia, porque son una fuente de ingresos gracias a la corrupción y la impunidad, se ausentan frente a las responsabilidades, trabajan con desgano, no intervienen ni proponen.

¡Pero atención! ¡No confundir! No hablamos de demagogia (ya identificada por Aristóteles como la forma “impura” de la democracia). Es importante comprender que, aún cuando se trate de un gobierno Demagógico, para ser Kakistocrático debe además estar formado por los peores. La peor parte de la sociedad. Aquellos menos capacitados para gobernar en todo sentido. Ese sustrato es el elemento principal. Es como ingresar a un curso, preguntar “¿quien es el peor alumno?”, y al que levanta la mano, sin mas, ponerlo de profesor.

Si consideramos que el nivel de representantes es un emergente de nuestro voto, sin duda, la falla es nuestra. Tal vez no le damos toda la importancia necesaria, por no tener el nivel de educación adecuado, por ser ingenuos y confiados, por no querer escuchar la verdad, porque votamos por la imagen, la simpatía, al que tiene dinero, amigos en el poder, al que posee un “apellido”, al manipulable o al más flexible. También hemos vendido el voto al que nos regala cosas o puestos. Sin embargo sospecho que la razón principal es que tenemos pereza o desinterés en investigar y conocer los valores del candidato.

A veces, cuesta creer que nuestros gobernantes sean quienes son. Nuestra clase política, esa casta de indisimulable ignorancia e inmoralidad flagrante, no parece habitar en nuestros espacios habituales de vida. Medítelo un instante, estimado lector. Yo no conozco gente de semejante calaña en mi trabajo, en mi club, entre toda la órbita de mis conocidos. Y usted seguramente tampoco. A veces, pienso que habiendo tanta gente capaz en mi país, ¿como puede ser que ni una de esos está en la política?. ¿Que extraño designio los expulsa, o no es capaz de atraer ni a uno solo de ellos a la función de gobierno?. Simplemente, hemos cambiado nuestra forma de gobierno, sin siquiera darnos cuenta: hemos instaurado una Kakistocracia.

Publicado por Stathmó Akrópoli - 12/05/2018